Sucede que un día escuchás la palabra “punk” y de repente te imaginás caminando por las calles de Londres, aunque el barrio donde vivís, de calles empinadas y azarosas, nada tiene que invidiarle al suburbio más peligroso de la capital inglesa.
Sucede que escuchás una banda tras otra y te creés el más punkero de todos, decís "Punk not dead" o "Do it yourself" con un inglés más arrastrado que las S de tus abuelos y aún así te sentís lo más chimba de este mundo.
Sucede que caminás cuadras y cuadras para ir a conciertos o a parches en casas y terrazas, y cada paso que das es como un rasgueo de guitarra punk, simple pero contundente.
Sucede que un día escuchás una canción, habla de una Londres apocalíptica, un error nuclear que ni su majestad pudo resarcir. Te paraliza al instante, como la sirena de una ambulancia que va a toda, pero también querés bailar, sacudirte, aullar como un lobo antes del fin del mundo. Y escuchás más canciones, como esa que habla de sentirse completamente alienado, como perdido en un supermercado, o esa que trata sobre una chica que toma su Cadillac y se va así no más, dejando a su chico solo y triste. Qué vuelta, pensás, pero vos te ponés del lado de ella y te dan ganas de manejar un Cadillac en una autopista abandonada y polvorienta, cual héroe de película clase B. Ni qué decir de esa que tiene un tumbao a reggae y creés que ese es el sonido de la revolución, una donde se lucha y se baila.
Semejante descarga te provoca un cortocircuito, aunque no sabés nada de esa música que se apoderó de vos. ¿Cómo se llama eso? ¿London Calling? ¿Y cómo se llama la banda? ¿The Clash? ¡Qué chimba! Y sucede que no querés parar de escucharlas, le decís a una amiga que te queme el CD y te encerrás en tu habitación a escucharlo por horas. Has encontrado el sonido que te define y empezás a darte cuenta de que el punk es ir a la rebelde, a contravía de todo y de todos, aunque es más que taches, crestas y botas. Es una filosofía, dicen algunos. Es una manera de estar, digo yo.
Sucede que un día como hoy te acordás de todo eso, sentís un nudo en la garganta y te ponés a escuchar nuevamente esa canción apocalíptica cuya radiación dejó profundos efectos en vos. Hay errores nucleares que son tan malos después de todo, pensás como aquel pelao de barrio al que poco le importaba el correr del tiempo y creía que viviría en un pogo eterno.
Hoy se conmemoran cuarenta y cinco años de London Calling, la obra maestra de The Clash. Estas palabras van a ese disco que me marcó la vida, como también a la de muchos. También van al barrio, Castilla, a los amigos que están o ya se fueron antes del apocalipsis. Al punk.

