Hoy, en este día de
orgullo y reivindicaciones, se conmemoran 25 años de uno de los discos imprescindibles
del rock latinoamericano: Bocanada, la segunda placa en la carrera solista
de Gustavo Cerati, ese artista inmortal que supo sacarle belleza a este caos
llamado mundo.
Aprovechando la
conmemoración, me tomé a la tarea de escuchar otra vez Bocanada y debo decir que
el disco suena tan fresco a como cuando salió por primera vez.
Con una fuerte
presencia electrónica, este disco marcó un antes y un después en la senda
solitaria que trazó Cerati cuando publicó su intenso Amor amarillo en 1993. Aún
estaba reciente el “gracias totales”
con que él, Zeta Bosio y Charly Alberti daban fin a Soda Stereo y la expectativa por lo que
haría en solitario era abrumadora. Cerati, preocupado más por su interior que
por el afuera, decidió reinventarse y crear un sonido con el que se sintiera
cómodo, más introspectivo, sofisticado y sincero.
El resultado es un
disco nada excesivo en el que todo encaja: los sonidos dulces, placenteros y
melancólicos, las letras que se quedan grabadas en la piel y que sin lugares
comunes dibujan la delgada línea entre el amor y el desamor, los guiños a
grandes escritores —como Jorge Luis Borges
en “Aquí y ahora (los primeros tres
minutos”)—, el marcado uso
del sampler con el que Cerati hizo un collage de sus influencias, la experimentación
calculada de inicio a fin que rompía barreras. Pese a su aura visionaria y excelsa
producción, Bocanada fue recibido con parquedad por el
público y la crítica, y tuvieron que pasar varios años para que fuera
considerada una obra sublime.
Aun así, quedaron para la
memoria musical canciones como “Puente” y
su llamado al amor a pesar de las
distancias; “Paseo inmoral” y su oda
a los excesos; “Tabú” y sus
trepidantes sonidos latinos que bien podrían acompañar un cuento de Rubem Fonseca; “Beautiful”, uno de los temas más electrónicos del disco cuya
psicodelia evoca a los amores que vienen y van, a las rupturas y
reconciliaciones propias de una relación; y “Perdonar es divino”,
una bella reivindicación del olvido como cicatrizante de las heridas del
desamor.
Mucho humo podría salir por cuenta de este disco, pero solo me limitaré a decir, a manera de conclusión, que con él Cerati encontró su lugar en el mundo porque, como quedó consignado en el genial libro Cerati en primera persona de la periodista argentina Maitena Aboitiz, “sentí que tenía que recuperar mucha dulzura en la música, como un elemento básico, y realmente veo a Bocanada como eso, una especie de almohadón en el que puede uno recostarse”.
*Parte de esta reseña fue publicada
originalmente en Laterales News.

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