14 de diciembre de 2024

Un error nuclear

 


Sucede que un día escuchás la palabra “punk” y de repente te imaginás caminando por las calles de Londres, aunque el barrio donde vivís, de calles empinadas y azarosas, nada tiene que invidiarle al suburbio más peligroso de la capital inglesa.

Sucede que escuchás una banda tras otra y te creés el más punkero de todos, decís "Punk not dead" o "Do it yourself" con un inglés más arrastrado que las S de tus abuelos y aún así te sentís lo más chimba de este mundo.

Sucede que caminás cuadras y cuadras para ir a conciertos o a parches en casas y terrazas, y cada paso que das es como un rasgueo de guitarra punk, simple pero contundente.

Sucede que un día escuchás una canción, habla de una Londres apocalíptica, un error nuclear que ni su majestad pudo resarcir. Te paraliza al instante, como la sirena de una ambulancia que va a toda, pero también querés bailar, sacudirte, aullar como un lobo antes del fin del mundo. Y escuchás más canciones, como esa que habla de sentirse completamente alienado, como perdido en un supermercado, o esa que trata sobre una chica que toma su Cadillac y se va así no más, dejando a su chico solo y triste. Qué vuelta, pensás, pero vos te ponés del lado de ella y te dan ganas de manejar un Cadillac en una autopista abandonada y polvorienta, cual héroe de película clase B. Ni qué decir de esa que tiene un tumbao a reggae y creés que ese es el sonido de la revolución, una donde se lucha y se baila.

Semejante descarga te provoca un cortocircuito, aunque no sabés nada de esa música que se apoderó de vos. ¿Cómo se llama eso? ¿London Calling? ¿Y cómo se llama la banda? ¿The Clash? ¡Qué chimba! Y sucede que no querés parar de escucharlas, le decís a una amiga que te queme el CD y te encerrás en tu habitación a escucharlo por horas. Has encontrado el sonido que te define y empezás a darte cuenta de que el punk es ir a la rebelde, a contravía de todo y de todos, aunque es más que taches, crestas y botas. Es una filosofía, dicen algunos. Es una manera de estar, digo yo.

Sucede que un día como hoy te acordás de todo eso, sentís un nudo en la garganta y te ponés a escuchar nuevamente esa canción apocalíptica cuya radiación dejó profundos efectos en vos. Hay errores nucleares que son tan malos después de todo, pensás como aquel pelao de barrio al que poco le importaba el correr del tiempo y creía que viviría en un pogo eterno.

Hoy se conmemoran cuarenta y cinco años de London Calling, la obra maestra de The Clash. Estas palabras van a ese disco que me marcó la vida, como también a la de muchos. También van al barrio, Castilla, a los amigos que están o ya se fueron antes del apocalipsis. Al punk.





28 de junio de 2024

Bocanada, 25 años de un disco que habla como el humo

 


Hoy, en este día de orgullo y reivindicaciones, se conmemoran 25 años de uno de los discos imprescindibles del rock latinoamericano: Bocanada, la segunda placa en la carrera solista de Gustavo Cerati, ese artista inmortal que supo sacarle belleza a este caos llamado mundo.

Aprovechando la conmemoración, me tomé a la tarea de escuchar otra vez Bocanada y debo decir que el disco suena tan fresco a como cuando salió por primera vez.

Con una fuerte presencia electrónica, este disco marcó un antes y un después en la senda solitaria que trazó Cerati cuando publicó su intenso Amor amarillo en 1993. Aún estaba reciente el “gracias totales” con que él, Zeta Bosio y Charly Alberti daban fin a Soda Stereo y la expectativa por lo que haría en solitario era abrumadora. Cerati, preocupado más por su interior que por el afuera, decidió reinventarse y crear un sonido con el que se sintiera cómodo, más introspectivo, sofisticado y sincero.

El resultado es un disco nada excesivo en el que todo encaja: los sonidos dulces, placenteros y melancólicos, las letras que se quedan grabadas en la piel y que sin lugares comunes dibujan la delgada línea entre el amor y el desamor, los guiños a grandes escritores —como Jorge Luis Borges en “Aquí y ahora (los primeros tres minutos”)—, el marcado uso del sampler con el que Cerati hizo un collage de sus influencias, la experimentación calculada de inicio a fin que rompía barreras. Pese a su aura visionaria y excelsa producción, Bocanada fue recibido con parquedad por el público y la crítica, y tuvieron que pasar varios años para que fuera considerada una obra sublime.

Aun así, quedaron para la memoria musical canciones como “Puente” y  su llamado al amor a pesar de las distancias; “Paseo inmoral” y su oda a los excesos; “Tabú” y sus trepidantes sonidos latinos que bien podrían acompañar un cuento de Rubem Fonseca; “Beautiful”, uno de los temas más electrónicos del disco cuya psicodelia evoca a los amores que vienen y van, a las rupturas y reconciliaciones propias de una relación; y “Perdonar es divino”, una bella reivindicación del olvido como cicatrizante de las heridas del desamor.

Mucho humo podría salir por cuenta de este disco, pero solo me limitaré a decir, a manera de conclusión, que con él Cerati encontró su lugar en el mundo porque, como quedó consignado en el genial libro Cerati en primera persona de la periodista argentina Maitena Aboitiz, “sentí que tenía que recuperar mucha dulzura en la música, como un elemento básico, y realmente veo a Bocanada como eso, una especie de almohadón en el que puede uno recostarse”.

*Parte de esta reseña fue publicada originalmente en Laterales News.